Himno de la Creación, del Rig Veda

Entonces el no ser no existía
ni tampoco existía el ser.
No existía el espacio etéreo
ni más allá la bóveda celeste.
¿Había algo que se agitase?
¿Dónde?
¿Bajo la protección de quién?
¿Existía el agua,
ese profundo, insondable abismo?

No existía la muerte,
ni existía lo inmortal,
ni signo distintivo de la noche y el día.
Sólo Uno respiraba,
sin aire, por su propia fuerza.
Aparte de Uno
no existía cosa alguna.

En el comienzo sólo existía
tiniebla envuelta en tiniebla.
Todo era agua indiferenciada.
Principio de devenir
rodeado por el vacío,
el Uno surgió,
por el poder de su propio ardor interno.
En el comienzo
brotó de él el deseo,
que fué el primer semen de la muerte.
Buscando en sus corazones,
gracias a la sabiduría,
los sabio encontraron
el vínculo que une al ser con el no ser.

Transversalmente extendieron su cordel.
¿Existía un abajo?
¿Existía un arriba?
Existían fecundadores,
existían energías.
Debajo estaba la potencia,
arriba estaba el impulso.

¿Quién sabe la verdad?
¿Quién puede decirnos
de dónde nació, de dónde esta creación?
Los dioses nacieron después
y gracias a la creación del universo.
¿Quién puede pues saber
de dónde surgió?

Aquel, que en el cielo supremo es su guardián,
sólo aquél sabe
de dónde surgió esta creación,
ya sea que él la hizo, ya sea que no
o tal vez ni él lo sabe

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